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  • ESCRITOS: LA CUARESMA

    predicacion_parque_02LA CUARESMA
    Carta pastoral
    Sevilla, 14 febrero 1896

    Estamos ya entre vosotros; y por cierto que, después de lo que ayer presenciamos, no podemos dejar de sentirnos confiados y agradecidos mas allá de lo que sabemos expresar.

    Sevilla nos ha dispensado una acogida, que demuestra por manera clarísima como este pueblo no solo siente con vehemencia, sino conserva vivos los afectos; pues Sevilla ha patentizado que la prolongada ausencia no ha sido parte a hacerle olvidar al antiguo y modesto sacerdote, que con sus pobres sudores regó en otro tiempo este suelo, no cier-tamente ingrato a la labor de los que lo cultivan.

    No queremos Nos tampoco ser ingrato, y la primera palabra que dirigimos a nues-tros diocesanos al pisar las riberas amadas del Guadalquivir ha de ser de hacimiento de gracias; pero de hacimiento de gracias universal, que alcance al grande y al pequeño, al rico y al pobre, al seglar y al sacerdote, al hijo ignorado del pueblo y al constituido en autoridad, pues a todos nos reconocemos deudores, una vez que todos a porfía se han esmerado en darnos prueba de su consideración y de su estima.

    Y dicho se esta que el proceder de nuestros diocesanos en esta ocasión memorable es un motivo mas, que nos apremia a poner de nuestra parte fuerte empeño por hacernos dignos de merecer lo que hasta hoy se nos ha otorgado gratuitamente y como de balde, siendo copia fiel de aquella figura del verdadero Obispo, tan de mano maestra trazada en sus epístolas por el Apóstol S. Pablo.

    Quizá para que esto nos sea menos difícil la Providencia ha permitido que antes de venir a vosotros hayamos pasado algunos días en la hermosa Ronda, y que junto a las reliquias del B. Diego José de Cádiz y al pie del altar de Ntra. Sra. de la Paz hayamos pedido al Dios de las misericordias el espíritu apostólico, de que tan abundantemente estuvo dotado el fervoroso Capuchino, y el espíritu de dulzura y mansedumbre, que tan bien se hermana con aquel, y que lleva la paz a las almas, y la difunde en las familias, en las corporaciones, en los pueblos y en donde quiera que hace sentir su bienhechora influencia.

    Ser para nuestros nuevos hijos ángel de luz y ángel de paz constituiría nuestro bello ideal, y resueltos estamos a no omitir esfuerzo ni diligencia, para que aun cuando a tanto no lleguemos, nos quede al menos el consuelo de haberlo intentado.

    Por eso no nos es posible dejar de deciros algo, a pesar de que casi puede afirmarse que aun no hemos sentado la planta, con ocasión de la Cuaresma, que a paso de gigante se avecina. Breves serán nuestros avisos, que nos causaría pena seros molesto; mas en sencillas frases os expresaremos lo que conviene hagamos todos en días tan santos.

    El pensamiento de la Iglesia en la Cuaresma es digno de aquella hija del cielo, que no sueña sino con el bien de los hombres. Los ve distraídos, disipados, olvidados de sus destinos; y lo primero que procura es que se paren siquiera por algunos instantes a re-flexionar en lo presente y en lo porvenir; por eso empieza hablándoles con voz aterrado-ra de la muerte, y gritándoles el miércoles de Ceniza: Acuérdate, hombre, de que eres polvo y al polvo has de volver; sentencia que meditada, obraría una verdadera transfor-mación en nosotros, moviéndonos a quemar los ídolos, que hemos adorado, y a adorar lo que mirábamos con menosprecio absoluto; y transformación por cierto beneficiosa, que sin amenguar ni debilitar en nosotros lo bueno, haría desaparecer lo malo, y que nos quitaría temores que hoy nos conturban sin estorbarnos los legítimos goces, que tornan agradable y dulce la vida. El recuerdo de su fin jamás abandono a los Santos y sin embargo los Santos siempre fueron los hombres de la acción, de la beneficencia, del saber, del progreso legítimo en todos sentidos y bajo todos los aspectos imaginables: fueron hasta los hombres de las puras alegrías, advirtiéndose como desleído el consuelo y hasta la placidez en sus más hondas tristezas.

    La obra de ilustración iniciada el miércoles de Ceniza se prosigue, se perfecciona y se acaba en el resto de la Cuaresma, la cual es, bien estudiada, un curso completo de la ciencia divina de la eternidad, que abraza desde sus rudimentos más vulgares, o sea, la catequesis dada a los niños y a los ignorantes, basta las más altas elevaciones de la teo-logía ascética y mística, pues, a todo dan materia los comentarios hechos por los maes-tros de Israel sobre el mas sublime de cuantos libros manejan los mortales, el Santo Evangelio.

    La Iglesia en el tiempo de Cuaresma no se concreta solo a velar por la instrucción de sus hijos, obligándoles a fijar la inquieta mirada en lo que tanto les importa, sus desti-nos, sus deberes y sus verdaderos intereses, sino entendiendo que han menester para penetrarse bien de todo ello una luz, que no es la del sol, una claridad que no es tampo-co la de la mera razón, sino la hermosa lumbre de las alturas, que desciende derecha-mente del Sol eterno, de la eterna é infinita razón, que es el Verbo del Padre, los invita y los aprieta a que se pongan en contacto con el cielo por medio de la oración. He aquí por qué los días de Cuaresma no son únicamente días de oír, de pensar, de meditar y de saborear las verdades divinas, sino de orar, y de orar fervientemente y con profunda humildad, dado que no atraviesa los espacios ni se abre camino por entre las nubes otra oración que la del que se humilla y pide con ardoroso anhelo. Mas cuando el fiel así lo ejecuta, descienden del seno de Dios los rayos de sus inefables esplendores, y toda os-curidad se disipa, y toda sombra se desvanece, y toda tiniebla huye, comprendiéndose lo que parecía incomprensible, y advirtiéndose abismos de sabiduría donde se juzgaba no haber sino abismos de errores y de absurdos.

    Todavía lo dicho no era bastante, y la Iglesia que tiene perfectamente medidas las humanas fuerzas, busca durante la Cuaresma un socorro mas a nuestra flaca condición. Si en esos días de salud nos intima riguroso ayuno, queriendo debilitar las concupiscen-cias, en cambio nos convida al festín de los Sacramentos, queriendo que nos alimente-mos con ellos, y que a proporción que la carne pierde sus bríos, el espíritu se robustezca y adquiera vigor. Así la obra de la meditación y de la oración se completa, y la Cuares-ma bien observada y guardada, forma Santos.

    Deseamos que los hijos de nuestro pueblo lo sean todos, pues no otra es la misión que cerca de ellos nos ha confiado la Providencia; santificarlos es lo que la Iglesia nos manda; para santificarlos es para lo que el divino Espíritu nos ha conferido tan extraor-dinarios poderes; y únicamente santificándolos, nos santificaremos Nos, que nuestros destinos y los de nuestros diocesanos háyanse en tal manera y de tal suerte identifica-dos, que si no salvamos sus almas por incuria o por abandono, no salvaremos la nuestra.

  • ESCRITOS Y GRUPO MARCELO SPINOLA

    Para todos aquellos que lo deseen está a su disposición los escritos de Marcelo Spinola en formato word o en papel. Para más información contactar con el e-mail: sanmarcelospinola@hotmail.com. Totalmente gratuito, sólo cobro gastos de envio para quien lo desee en papel.

    Para los seminaristas de todas las diocesis de España:

    Unos seminaristas hemos comenzado un grupo en torno a la figura de nuestro querido don Marcelo, nuestra intención es vivir nuestro futuro sacerdocio a imitación del de Jesucristo, pero vemos en este preclaro hijo un aliento para nuestra vocación. Su vida y sus escritos nos alientan en nuestra futura vida. El, como nosotros, fue un sacerdote diocesano entregado a la causa de los hombre, por ello, queremos seguir sus pasos en muchos aspectos. Los interesados en este grupo de oración y vida en torno a la figura de Don Marcelo ponerse en contacto en el e-mail: sanmarcelospinola@hotmail.com, ireis recibiendo información y formación para vivir con intensidad la vocación sacerdotal.

    Muchas gracias a todos por el interés demostrado.

  • ESCRITOS SACERDOTALES

    1.- El sacerdote ha de estar lleno de Dios; Dios debe ser la luz de su mente, el calor de su corazón, el resorte de sus acciones. El sacerdote ha de ser hombre de oración; ésta debe ser la fragua en que se temple su espíritu. El sacerdote ha de ser hombre de ciencia, hombre de caridad, hombre de sacrificio. No se le piden sacrificios, sino que ha de vivir sacrificado. El sacerdote no es impecable, y por tanto puedo caer, puedo contristar al Corazón de Cristo. ¡Ay Señor y Dios mío! ¿Qué hacer para evitar tamaña desdicha? Oraré, y oraré sin intermisión; tendré siempre presente los avisos que dabas a tu Apóstoles: “Vigilate et orate! El Corazón de Cristo será el ara donde deposite mis plegarias, el oráculo a quien consultaré en mis dudas, el refugio donde me acogeré en la hora de las pruebas, el lugar de mi descanso, mi perpetua morada. (Apuntes de los Ejercicios preparatorios a su ordenación sacerdotal)

    2.- El Sacerdote debe ser de tal manera, que viéndole se vea a Cristo, para que a esta sociedad, tan ofuscada, se le entre Dios, no sólo por los oídos, sino por los ojos; lo cual expresado de otra forma, quiere decir que el Sacerdote ha de ser por sus virtudes fiel copia de Cristo, y como El humilde, y como El dulce en su trato y accesible a todos, y como El puro en términos de que nadie razonablemente lo pueda vituperar y como El caritativo, y para decirlo en una Palabra, a ejem¬plo del celestial Maestro, santo.

    3.- Amar a Jesucristo es sentirse atraído por El... es hallarse como a El empujado por una secreta invisible fuerza... es encontrar en El el descanso del alma... [...]. Amar a Jesucristo es interesarse por El, mirando sus cosas como propias [...]. Amar a Jesucristo es hacer su voluntad; su voluntad cuando manda y su voluntad cuando aconseja; su voluntad si exige, y su voluntad si se limita simplemente a insinuar; su voluntad en lo fácil y su voluntad en lo difícil; su voluntad en todo y siempre.

    4.- Nada más hermoso, nada más lleno de suave poesía que las rela¬ciones entre el pastor y el rebaño. Vive aquél para éste; vive éste a la sombra de aquél: constantemente se están viendo, constante¬mente se están mirando, y las ovejas conocen al pastor, y el pastor a las ovejas [...]. Estas relaciones son una bella imagen de las relaciones de Cristo con los cristianos. El lo dijo: “Ego... et cognosco oves…”. Nos conoce... oh qué consuelo, y no ignora nuestra flaqueza. Los hombres tenemos el defecto de no ponernos jamás en el lugar de los otros. El fuerte no comprende la debilidad; el valiente no se explica la cobardía: el de claro entendimiento no se da razón de la torpeza del corto de luces... Pero Jesucristo sabe la flaqueza nuestra y no nos exige más de lo que podemos ni deja de ayudamos cuando algo pide. Nos conoce... y no ignora nuestras necesidades.

    5.- El sacerdote puede con su palabra imitar, aunque sea de lejos, a Cristo, y ejecutar las maravillas que hacía con la suya el celestial Maestro; pero para que la palabra sacerdotal posea tamaña eficacia es menester que sea total y verdaderamente divina, lo cual no se verificará cumplidamente, sino sometiéndose el ministro del Evangelio a un doble procedimiento, a saber, vaciarse de sí, y llenarse de Dios. Lo primero, esto es, vaciarnos de nosotros mismos, lo realiza la humildad, la que nos desnuda del amor propio que nos hincha, nos engríe, nos enorgullece [...] Lo segundo, el llenarnos de Dios, es obra de otra virtud, no menos necesaria que la humildad, la cual ha sido por cierto objeto de preferencias más señaladas de Cristo, y tema querido y por ende favorito de sus predicaciones: la caridad. La caridad es el amor de Dios, y el amor, harto sabido es, nos liga al ser amado con lazos que son más o menos fuertes, más o menos estrechos, según suben o bajan los grados del amor mismo. Cuando éste se eleva a su última potencia; cuando amamos todo lo que podemos amar, entonces el amado nos llena, y está en nuestra mente, porque en él pensamos de día y de noche; está en nuestro corazón, porque por él suspiramos a toda hora; está en nuestros labios, porque de él hablamos sin cesar; está en nuestras empresas, porque para él trabajamos; está en nuestros caminos, porque por él nos movemos. Así pues, cuando la caridad, que es el amor de Dios, de nosotros se enseñorea, literalmente podemos decir que Dios se hace nuestro dueño: su Espíritu, al modo que el día de Pentecostés, llenó como dicen los libros sagardos el Cenáculo en que los Apóstoles y discípulos estaban reunidos «Replevit totam domum ubi erante sedentes», llena la casa de nuestro pecho, donde vienen a juntarse todas las fuerzas, energías, afectos y pensamientos del alma, o diciéndolo de otro modo, donde el alma se recoge toda entera. Después que hayamos empleado el doble procedimiento de que hablamos, y el sacerdote se haya vaciado de sí propio y se haya llenado de Dios, hablará palabra divina, y se verificará en él lo que en el diácono Esteban, cuando salían a discutir con el célebre levita los diputados de las más insignes sinagogas de Jerusalén. Ninguno podía contrarrestar su sabiduría, ni resistir al Espíritu Santo que ha¬blaba por su boca: «Nemo poterat resistere sapientiae et Spirítui qui loquebatur». Así de este modo la santidad sacerdotal, porque los polos sobre que gira toda santidad son la humildad y la caridad, dará eficacia a la palabra nuestra, y será no sólo ella misma, es decir, nuestra san¬tidad, predicador elocuente. sino alma y vida y fuerza de nuestra predicación.

    6.- Si por sus virtudes, el sacerdote, es otro Cristo, si habla palabras de Dios, no palabra de hombre, si movido del celo más puro abre a todos el seno misericordioso del Altísimo, mostrando en él el verdadero paraíso, que buscan en otro lugar, sin jamás encontrarlo, si desempeña, como bueno el ministerio que se le ha confiado, toda carne verá en Jesucristo al único Salvador de los individuos, a los que colma de paz; del hogar, donde se siembra dulce consuelos, y de las naciones, en las que introduce el orden, y con él la felicidad.

    7.- El sacerdote debe tener celo, un celo incansable, que nunca desmaye, que se halle dispuesto a todo, que jamás diga basta. Sólo a este precio realizará el sacerdote su altísima misión, debiendo ser por lo tanto no sólo hombre de oración y de estudio, sino también operario activo.

    8.- Nos causa pena profunda ver al sacerdote malograr momentos preciosos que debía emplear en el estudio, en el confesionario, en el púlpito, en visitar a los enfermos y en practicar toda clase de obras de caridad. La ociosidad del sacerdote supone un amor muy tibio a Jesucristo y a su Iglesia, una indiferencia casi absoluta por las necesidades de las almas, y hasta una fe muy lánguida o débil. Por eso deseamos que en adelante la laboriosidad sea uno de los distintivos de nuestros eclesiásticos; y que se les vea siempre ocupados en los trabajos de su ministerio, sentándose en el confesionario todos los días algunas horas, estudiando otras y promoviendo empresas caritativas en honra de Dios y bien de sus hermanos.

    9.- Por lo común, a la humildad se la define mal, y se la comprende peor. Se la estima como sinónima de encogimiento, timidez; se creen efectos propios suyos el huir de todo el mundo, el arrinconarse, el anularse, y se estima que el humilde nada es capaz de hacer, porque la humildad mata y esteriliza el ingenio y las fuerzas humanas. Y no hay tal cosa. La verdadera humildad es en las regiones del entendimiento, el conocimiento propio, o sea, la clara noción de lo que somos; del bien y del mal que en nosotros hay; de lo que valemos, sin apocamientos ni fingimientos y sin alucinaciones; conocimiento al que acompaña la persuasión íntima de que Dios es el autor de todo lo bueno que en nosotros descubrimos, y nosotros de lo malo. Por eso se ha dicho que la humildad es la verdad. Estos pensamientos del humilde no pueden menos de tener resonancia en su corazón, produciendo el deseo de Dios, y por lo mismo, la aspiración a cuanto hay bello, bueno, perfecto y santo; la desconfianza propia y la confianza en el que es autor de todo bien.

    10.- El mundo, ha dicho un escritor, será siempre de aquel que más le ame y mejor se lo demuestre. Según esta regla, el mundo debe ser de Cristo. Nadie lo ha ama¬do como El. Para el mundo vivió, trabajó, padeció y murió; al mundo dio cuanto tenía, sus méritos, su gracia, su vida, su Madre, y cuando el mundo se declaraba contra él todavía lo amaba. Este amor no fue de un día. Ha quedado inmortalizado en la Euca¬ristía, su magisterio, sus ejemplos, su vida, sus sacrificios. Desde él ejerce un verdadero imperio. Se impone a la inteligencia, cautiva los corazones [...]. Los Santos Padres convienen en que la Eucaristía es la continua¬ción de la Encarnación o ésta el principio de aquélla. El Jesús de nuestros altares es el mismo que comienza a ser. Y por cierto que hay rasgos de semejanza. Anonadamiento en el Tabernáculo, anonadamiento en el seno de María; inmolación, inmo¬lación; obediencia, obediencia. Cada vez que miremos a la Eucaristía debemos acordarnos de la Encarnación, y los devotos de ella debemos celebrar este día como el día grande en que tiene comienzo ese imperio de amor, nuestra dicha y nuestra gloria.

    11.- Si quisiéramos definir lo que es una madre, creemos que podríamos decir: una mujer que se reduce toda a corazón; que con el corazón piensa; con el corazón discurre; con el corazón habla; con el corazón hace cuanto ejecuta. Una mujer que lleva el corazón en los ojos, en los labios, en las manos, sin que jamás se le duerma, ni aún se le distraiga siquiera. Este tipo de madre no es imaginario, es real; pero en nadie tuvo la realidad que en la Santísima Virgen, de la cual puede afirmarse que vivía en Jesucristo.

  • BEATO MARCELO SPINOLA_CATEDRAL

    SOLEMNE PONTIFICAL EN LA CATEDRAL DE SEVILLA

    El próximo viernes 26 de enero a las 19 horas, en la SI Catedral de Sevilla, el Cardenal amigo oficiará la eucaristía en honor de nuestro querido beato Marcelo Spínola.

    No falteis.

  • Abc - El cardenal Spínola en la Catedral de Sevilla

    Abc -

    El cardenal Spínola en la Catedral de Sevilla

    Con motivo del centenario de la muerte del cardenal Spínola, la Catedral acoge una exposición del prelado. Se exponen objetos personales, libros, ornamentos de culto. cuadros y hasta el confesionario que usó durante sus años como párroco de San Lorenzo.

    Esta muestra, que finaliza en la Capilla de los Dolores donde se encuentra el sepulcro del cardenal, ha sido financiada por el Cabildo Catedral y aunque se exponen objetos de hermandades e incluso del Seminario, la inmensa mayoría de ellos ha sido aportada por la Congregación de Esclavas del Divino Corazón, que fundaron don Marcelo y la Madre Celia Méndez. Fueron las Esclavas quienes entre los actos del centenario de la muerte del beato Spínola proyectaron realizar una exposición sobre don Marcelo en la Iglesia del Colegio. Al conocer que el Cabildo pensaba hacer una muestra similar, las Esclavas enunciaron a su proyecto para incorporarse de lleno al del Cabildo, ya que piensan que la Catedral es el lugar idóneo para albergar una muestra sobre Spínola que fue canónigo y cardenal arzobispo de Sevilla.

    El anillo de la Maestranza

    La mayor parte de los ornamentos y objetos de la muestra son de las Esclavas, ya que cuando murió el cardenal, su hermana Rosario, que vivía con él, adoptó en religión el nombre de Madre San Marcelo, ingresó en las Esclavas y allí llevó todos los objetos personales de hermano, a quién veneraba como a santo, y desde entonces los custodia la congregación.

    Además de objetos y recuerdos de las Esclavas, en la muestra se expone un anillo de don Marcelo, que pertenece al Cabildo Catedral. Este anillo fue un regalo de la Real Maestranza a don Marcelo en su promoción al cardenalato. Rosario Spínola, hermana del cardenal, lo donó al Cabildo Catedral cuando murió el beato.

    Además ha participado la Parroquia de San Lorenzo, que ha aportado también un cuadro del cardenal de Gil Japón de 1998, el báculo y el confesionario de la parroquia de San Lorenzo en el que cuando era párroco, de 1871 a 1879, administró el sacramento de la penitencia. Asimismo, se encuentran en la exposición el tapiz, propiedad de la Hermandad del Gran Poder, conmemorativo del centenario de la Concordia entre la Macarena y el Gran Poder con los escudos de ambas corporaciones y de don Marcelo, y el guión de la Hermandad de la Soledad de San Lorenzo con el escudo episcopal de don Marcelo con su lema «Omnia possum in eo», Todo lo puedo en Él. Otros objetos relacionados con don Marcelo son un relicario de plata con los símbolos episcopales, el báculo y la mitra, de la Hermandad de Santa Cruz; una imagen-relicario de Spínola de la Hermandad de la Oración en el Huerto, de San Fernando, su ciudad natal, y un cuadro de Virgilio Mattoni, propiedad del Seminario de Sevilla.

    La diadema de la Virgen

    La muestra consta de siete paneles y seis vitrinas. Ellas albergan cálices, ornamentos y ropas usadas por el cardenal. También se expone el Niño Jesús llamado el «Esclavito» y el escudo de la Congregación de las Esclavas, así como la diadema de la Inmaculada que preside la Capilla del Colegio de las Esclavas. Esta fue la primera iglesia dedicada a la Inmaculada que hubo en Sevilla, y se inauguró en 1904, año en que Spínola coronó canónicamente a la Virgen de los Reyes. La corona se hizo con 11.960 piedras preciosas y joyas donadas por los sevillanos.

    Una exposición con objetos personales cerrará los actos del centenario de la muerte de don Marcelo Spínola y Maestre, cardenal de Sevilla, beato que espera la Canonización y fundador de las Esclavas.

  • Oración beato Marcelo Spínola

    BEATO MARCELO SPÍNOLA Y MAESTRE

    Cardenal Arzobispo de Sevilla

    Fundador de las Esclavas del Divino Corazón

    Padre, lleno de bondad, que en Marcelo Spínola, Obispo, has dado a tu Iglesia un pastor admirable por su humildad y celo apostólico, concédenos que imitándole, aprendamos a encontrar en el Corazón de Cristo, tu Hijo, un amor tan ardiente que nos impulse a entregarnos constantemente a tu servicio. Te pedimos por su intercesión… Así sea.

  • Textos de los escritos del Beato Marcelo Spínola

    "Marcelo Spínola, su espiritualidad a través de sus escritos"

    Selección de textos: C. Montoto, ADC

    LA PERSONA DE CRISTO.

    1.-Jesucristo, nombre más dulce, figura gigante al lado de la cual todo es pequeño; centro en derredor del cual gira el mundo de las almas; luz que colorea cuanto tiene color; fuerza que mueve cuanto tiene movimiento; manantial de toda grandeza.
    Ni el genio de Platón, ni el talento de Aristóteles, ni la elocuencia arrebatadora de Demóstenes, ni la palabra llena de Cicerón bastarían para pintarlo.

    2.- Jesucristo, manantial de toda ciencia, fuente de toda inspiración, revelador de todo misterio, luz de las almas.

    3.- ¡ Ah, Jesucristo, Jesucristo ¡ ¿ Dónde hallar nada que ni aún de lejos se le parezca? Ha habido en el mundo muchos hombres grandes, pero ninguno como Él.
    Nadie habló como Él. Nadie tuvo un Corazón como el suyo...Veinte siglos al pie de su solio y todavía no se han cansado de mirarlo y aplaudirle.

    4.- Jesucristo es la perfección; es el hombre tipo . Es la expresión última, la forma postrera de la perfección humana.

    5.- Jesucristo es el mismo ayer que hoy. Hermosura a la vez que antigua nueva siempre, descubre en ella el alma contemplativa cada día, cada hora, cada instante algo que antes no advirtió, y que le obliga a caer de rodillas muda y suspensa.

    6.- El nombre de Jesús es nombre sobre todo nombre. En él y por él se han hecho prodigios qu asombran. Ha sido luz más esplendorosa que la del sol. Ha derramado vida en las muertas arenas del desierto. Ha dado fecundidad a la dura roca.
    No es extraño que al oirlo se doble toda rodilla, ni puede sorprender que los creyentes lo pronunciemos con inefable amor.

    7.- El amor de Jesucristo a los hombres es inexplicable, raya en locura; mostróse Dios en todo, mostróse Dios también en el amor. Todos los caracteres del amor más vivo, ardiente, generoso y fuerte tuvo el amor de Jesucristo. ...
    Amor inmenso, hoguera inextinguible, fuego incomparable; este fuego, esta hoguera, este amor reside en su Corazón.

    8.- Jesucristo puede y debe llamarse, como lo llamaron Santo Tomás de Aquino y Santa Teresa de Jesús, nuestro libro; el libro en que hemos de leer todos los días y a todas las horas; el libro en que hallaremos solución a nuestras dudas, y salida en todos nuestros conflictos y apuros. No por otra cosa, sino porque jamás dejaron los santos ese libro de la mano, llegaron a hacerse sabios en la ciencia sublime de la santidad.

    9.- Jesucristo...Nadie como Él ha sido amado... ¿ ha inspirado alguien jamás tanto y tan generoso amor? Veinte siglos hace que apareció sobre la tierra, y todavía no se ha amenguado la impresión que su presencia producía.... Él es la expresión última, la forma postrera de la perfección humana a la que podemos acercarnos, más nunca igualarla ni mucho menos traspasarla.

    10.- Nada hay más hermoso que la historia de Cristo. Bello es seguirle, .. en cualquier parte donde lo encontramos nos enamora y arrebata.
    Jesucristo siempre es el mismo; hace vibrar las más íntimas fibras del corazón y se lleva consigo todas nuestras simpatías.

  • TODO LO PUDE EN TI, MARCELO

    En este año de 2006 celebramos el centenario de la muerte del Beato Marcelo Spínola. Un viernes 19 de enero de 1906 moría en Sevilla el que fue llamado “el arzobispo mendigo”. Los cronistas de la época cuentan que “ante su cadáver desfiló muchísima gente, de modo espontáneo. Sevilla no necesitaba que nadie la empujara para venerar a don Marcelo”.

    Nacido en San Fernando (Cádiz) el 14 de enero de 1835; abogado a los 21 años; sacerdote a los 29; párroco, obispo, cardenal, fundador de un periódico y de una congregación religiosa, las Esclavas del Divino Corazón.

    En los ejercicios espirituales preparatorios a su ordenación escribía: “el Sacerdote ha de estar lleno de Dios; Dios debe ser la luz de su mente, el calor de su corazón, el resorte de sus acciones. El Sacerdote ha de ser hombre de oración; ésta debe ser la fragua en que se temple su espíritu. El Sacerdote ha de ser hombre de ciencia, hombre de caridad, hombre de sacrificio. No se le piden sacrificios, sino que ha de vivir sacrificado. Y yo carezco de todo esto, hállome vacío de méritos y, por tanto, muy lejos de las disposiciones que adornar deben al ministro del Señor.”

    Él vivió ese sacerdocio al que aspiraba; fue desde el principio un sacerdote con un intenso celo apostólico. Como botón de muestra, su confesionario de la parroquia de San Lorenzo era conocido como “la piscina de Sevilla”.

    Fundará las Esclavas del Divino Corazón para la educación de los más pobres. El tema de la educación era una de sus grandes preocupaciones. Siendo senador defendió con energía la libertad de enseñanza ante la ley de Romanones de 1901 donde se suprimía la enseñanza religiosa. Él dirá, en clara referencia a la política educativa: “cuando alguno quiere apoderarse de un pueblo, lo primero que hace es apoderarse de la enseñanza”.

    “Si no he de ser santo, ¿para qué quiero la vida?”, reiteradamente, de diversas formas expresará a lo largo de su vida ese pensamiento: la santidad o la muerte. Su empeño fue la santificación del clero: “… [el sacerdote] llamado a la santidad y copia fiel de Jesucristo…”

    Pero don Marcelo no era un místico retirado y despreocupado de sus hermanos, los hombres. Gran alboroto causa en la capital andaluza sus salidas por las calles de Sevilla para pedir limosna ante la grave crisis del campo, fruto de la sequía de 1905. Que un obispo salga a la calle a mendigar es un “escándalo” incluso hoy en día, más aun si cabe a principios del siglo XX. No le importo mendigar para paliar el hambre del pueblo; de otras ciudades y naciones comenzaron a llegar ayudas y consiguió aliviar la situación. El pueblo nunca olvidó lo que su Pastor hizo.

    Ese hijo de Dios llamado Marcelo Spínola vivió como tal; su vida, sus escritos, sus fundaciones aun lo reflejan. “Sólo Dios basta” decía Santa Teresa; “omnia possum in eo” (todo lo puedo en Él) es para Marcelo la frase que marca y resume su vida. El 24 de septiembre de 1983 la Iglesia declara sus virtudes heroicas. Fue beatificado el 29 de marzo de 1987 en la Basílica de San Pedro por S.S. Juan Pablo II.
    Al mediodía de un 19 de enero de 1906, mientras las campanas de la Giralda tocaban a difunto, Jesús le decía a un hombre humilde: todo lo pude en ti, Marcelo.

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