predicacion_parque_02LA CUARESMA
Carta pastoral
Sevilla, 14 febrero 1896

Estamos ya entre vosotros; y por cierto que, después de lo que ayer presenciamos, no podemos dejar de sentirnos confiados y agradecidos mas allá de lo que sabemos expresar.

Sevilla nos ha dispensado una acogida, que demuestra por manera clarísima como este pueblo no solo siente con vehemencia, sino conserva vivos los afectos; pues Sevilla ha patentizado que la prolongada ausencia no ha sido parte a hacerle olvidar al antiguo y modesto sacerdote, que con sus pobres sudores regó en otro tiempo este suelo, no cier-tamente ingrato a la labor de los que lo cultivan.

No queremos Nos tampoco ser ingrato, y la primera palabra que dirigimos a nues-tros diocesanos al pisar las riberas amadas del Guadalquivir ha de ser de hacimiento de gracias; pero de hacimiento de gracias universal, que alcance al grande y al pequeño, al rico y al pobre, al seglar y al sacerdote, al hijo ignorado del pueblo y al constituido en autoridad, pues a todos nos reconocemos deudores, una vez que todos a porfía se han esmerado en darnos prueba de su consideración y de su estima.

Y dicho se esta que el proceder de nuestros diocesanos en esta ocasión memorable es un motivo mas, que nos apremia a poner de nuestra parte fuerte empeño por hacernos dignos de merecer lo que hasta hoy se nos ha otorgado gratuitamente y como de balde, siendo copia fiel de aquella figura del verdadero Obispo, tan de mano maestra trazada en sus epístolas por el Apóstol S. Pablo.

Quizá para que esto nos sea menos difícil la Providencia ha permitido que antes de venir a vosotros hayamos pasado algunos días en la hermosa Ronda, y que junto a las reliquias del B. Diego José de Cádiz y al pie del altar de Ntra. Sra. de la Paz hayamos pedido al Dios de las misericordias el espíritu apostólico, de que tan abundantemente estuvo dotado el fervoroso Capuchino, y el espíritu de dulzura y mansedumbre, que tan bien se hermana con aquel, y que lleva la paz a las almas, y la difunde en las familias, en las corporaciones, en los pueblos y en donde quiera que hace sentir su bienhechora influencia.

Ser para nuestros nuevos hijos ángel de luz y ángel de paz constituiría nuestro bello ideal, y resueltos estamos a no omitir esfuerzo ni diligencia, para que aun cuando a tanto no lleguemos, nos quede al menos el consuelo de haberlo intentado.

Por eso no nos es posible dejar de deciros algo, a pesar de que casi puede afirmarse que aun no hemos sentado la planta, con ocasión de la Cuaresma, que a paso de gigante se avecina. Breves serán nuestros avisos, que nos causaría pena seros molesto; mas en sencillas frases os expresaremos lo que conviene hagamos todos en días tan santos.

El pensamiento de la Iglesia en la Cuaresma es digno de aquella hija del cielo, que no sueña sino con el bien de los hombres. Los ve distraídos, disipados, olvidados de sus destinos; y lo primero que procura es que se paren siquiera por algunos instantes a re-flexionar en lo presente y en lo porvenir; por eso empieza hablándoles con voz aterrado-ra de la muerte, y gritándoles el miércoles de Ceniza: Acuérdate, hombre, de que eres polvo y al polvo has de volver; sentencia que meditada, obraría una verdadera transfor-mación en nosotros, moviéndonos a quemar los ídolos, que hemos adorado, y a adorar lo que mirábamos con menosprecio absoluto; y transformación por cierto beneficiosa, que sin amenguar ni debilitar en nosotros lo bueno, haría desaparecer lo malo, y que nos quitaría temores que hoy nos conturban sin estorbarnos los legítimos goces, que tornan agradable y dulce la vida. El recuerdo de su fin jamás abandono a los Santos y sin embargo los Santos siempre fueron los hombres de la acción, de la beneficencia, del saber, del progreso legítimo en todos sentidos y bajo todos los aspectos imaginables: fueron hasta los hombres de las puras alegrías, advirtiéndose como desleído el consuelo y hasta la placidez en sus más hondas tristezas.

La obra de ilustración iniciada el miércoles de Ceniza se prosigue, se perfecciona y se acaba en el resto de la Cuaresma, la cual es, bien estudiada, un curso completo de la ciencia divina de la eternidad, que abraza desde sus rudimentos más vulgares, o sea, la catequesis dada a los niños y a los ignorantes, basta las más altas elevaciones de la teo-logía ascética y mística, pues, a todo dan materia los comentarios hechos por los maes-tros de Israel sobre el mas sublime de cuantos libros manejan los mortales, el Santo Evangelio.

La Iglesia en el tiempo de Cuaresma no se concreta solo a velar por la instrucción de sus hijos, obligándoles a fijar la inquieta mirada en lo que tanto les importa, sus desti-nos, sus deberes y sus verdaderos intereses, sino entendiendo que han menester para penetrarse bien de todo ello una luz, que no es la del sol, una claridad que no es tampo-co la de la mera razón, sino la hermosa lumbre de las alturas, que desciende derecha-mente del Sol eterno, de la eterna é infinita razón, que es el Verbo del Padre, los invita y los aprieta a que se pongan en contacto con el cielo por medio de la oración. He aquí por qué los días de Cuaresma no son únicamente días de oír, de pensar, de meditar y de saborear las verdades divinas, sino de orar, y de orar fervientemente y con profunda humildad, dado que no atraviesa los espacios ni se abre camino por entre las nubes otra oración que la del que se humilla y pide con ardoroso anhelo. Mas cuando el fiel así lo ejecuta, descienden del seno de Dios los rayos de sus inefables esplendores, y toda os-curidad se disipa, y toda sombra se desvanece, y toda tiniebla huye, comprendiéndose lo que parecía incomprensible, y advirtiéndose abismos de sabiduría donde se juzgaba no haber sino abismos de errores y de absurdos.

Todavía lo dicho no era bastante, y la Iglesia que tiene perfectamente medidas las humanas fuerzas, busca durante la Cuaresma un socorro mas a nuestra flaca condición. Si en esos días de salud nos intima riguroso ayuno, queriendo debilitar las concupiscen-cias, en cambio nos convida al festín de los Sacramentos, queriendo que nos alimente-mos con ellos, y que a proporción que la carne pierde sus bríos, el espíritu se robustezca y adquiera vigor. Así la obra de la meditación y de la oración se completa, y la Cuares-ma bien observada y guardada, forma Santos.

Deseamos que los hijos de nuestro pueblo lo sean todos, pues no otra es la misión que cerca de ellos nos ha confiado la Providencia; santificarlos es lo que la Iglesia nos manda; para santificarlos es para lo que el divino Espíritu nos ha conferido tan extraor-dinarios poderes; y únicamente santificándolos, nos santificaremos Nos, que nuestros destinos y los de nuestros diocesanos háyanse en tal manera y de tal suerte identifica-dos, que si no salvamos sus almas por incuria o por abandono, no salvaremos la nuestra.